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Hace no mucho tiempo atrás, con motivo de la visita del
conocido periodista Andrés Oppenheimer, fue motivo de
comentario en los medios de comunicación una de sus
interesantes reflexiones, vinculada con el éxito de los
países, que, por cierto, presentó en medio de cifras
irrefutables y que podría parafrasear en el sentido que el
crecimiento de un país se ve estimulado cuando cuenta con
una cantidad apreciable de profesionales en ciencias
exactas, en ingeniería.
Señaló, a modo de contraste, que mientras en China se gradúa
un aproximado de 220,000 ingenieros al año, en Argentina, su
tierra natal, apenas lo hacían 3,000; y para completar el
cuadro, hacía referencia a la sobreproducción de abogados y
psicólogos que se da en su país, al comentar que la
Universidad de Buenos Aires, por citar un ejemplo, produce
2,400 abogados al año, 1,300 psicólogos y sólo 240
ingenieros.
Fernando Villarán; en su trabajo “Mercado laboral, educación
y tecnología”, cuya elaboración le fuera encomendada por el
Comité Organizador de CADE 2006, se valió de dichas
estadísticas, para lamentar el notorio desbalance que en
esta materia, presume, también se evidencia en el Perú y que
ayuda a explicar los magros resultados que exhibimos en
desarrollo tecnológico.
Varias conclusiones pueden fluir de lo manifestado
precedentemente. Algunas irrebatibles y otras, seguramente,
discutibles. Que el país se vería beneficiado con el
concurso de un mayor número de ingenieros y profesionales en
ciencias exactas, es una verdad de perogrullo. Que la oferta
universitaria, en términos generales, se circunscribe aún a
las carreras llamadas tradicionales, es aceptado
pacíficamente y se espera un grado mayor de audacia al
respecto. ¿Y qué hay con los abogados?
La tentación que pudiere asomar es la de emprender medidas
que apunten a reducir el número de estudiantes que optan por
la carrera de Derecho. Con la adopción de medidas
restrictivas o incluso prohibitivas, se desalentaría a los
jóvenes de ingresar por fueros jurídicos y evitaríamos la
situación actual y, cual panacea, se entiende que los
problemas derivados de la profusión de abogados, tenderían a
desaparecer, o por lo menos, a debilitarse.
¿Y es así?, ¿acaso anulando la libertad de elección de los
jóvenes postulantes, contribuiremos con el interés público?,
¿con qué derecho se puede privar a quien busca consagrarse
al Derecho como opción profesional?, ¿es que podemos forzar
las cosas para afirmar que hay una relación inversamente
proporcional entre investigación tecnológica y número de
abogados?.
Ciertamente, los autores citados no han insinuado toda esta
serie de especulaciones que se presentan en este entrega,
pero temo que el legítimo recelo que genera el
comportamiento inadecuado de algunos abogados – no
sancionados por los Colegios a que pertenecen – puede
degenerar en apostar por soluciones simplistas, de carácter
efectista, como las sugeridas.
El Perú necesita de profesionales que se formen en el arte
de la persuasión, fiel aliado de la convivencia civilizada.
El Perú clama por personas que en su estructura de
pensamiento tengan la convicción de que toda decisión
requiere estar fundamentada. El Perú necesita de buenos
abogados. Muchos o pocos ... eso lo determinará la persona.
No la subestimemos, no la ignoremos, pues el debate no debe
agotarse en la cantidad de abogados que tenemos, sino en la
calidad de éstos.
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